De cómo llegué a enamorarme de los alemanes

Estándar

¡Ay de los prejuicios!, esos pequeños demonios que por una u otra razón dejamos habitar en nuestra mente y corazón, esas verdades que tenemos como indiscutibles sobre algo o alguien, esos alambres de púa tejidos, a veces sin mucho esfuerzo, y que marcan un límite para mantener lejos aquello que suponemos conocer -o tememos conocer.

Que los chinos son sucios, que los gringos son ególatras, que los mexicanos son machistas, que los españoles son arrogantes, que las colombianas son putas, y uno de mis favoritos, quizás el que más repetía (sin conocer ni siquiera un alemán) “los alemanes son fríos y aburridos”. ¿Cómo llegó eso a mi mente? ¿Por Rammstein? ¿por Hitler? ¿por verlos tan rubios? No habrá nunca justificación válida para un pensamiento tan tonto.

Y bendito sea Dios por el tiempo en el que me permitió vivir, este tiempo en el que el mundo se abrió y pareciera que cualquier país del mundo está a la vuelta de la esquina, bendita sea esta máquina aniquiladora de demonios prejuiciosos llamada viajar, pues gracias a ella es que podemos borrar esos dibujos mal hechos que tenemos y retratarlos de cerca, mejor.

Esta historia, como muchas de mis historias de amor, ¡comienza con un mensaje en CouchSurfing! que decía: “soy un chico aleman y pronto viajare a Colombia! Hasta ahora solo viaje en america central (donde aprendi mi espanol) para mi seria la primera vez q yo me quedaria en un couch, espero encontrare uno! Seria un placer si me podria quedar en tu casita. Sebastian” (apartes del original) Lo primero que pensé con mi mente prejuiciosa fue “¿un alemán usando diminutivos? … jumm qué sospechoso (y qué tierno a la vez)” Nunca había alojado a un ario en mi casa, y me encantó saber que mi familia y yo seríamos su primera vez en Couch, una gran oportunidad para mostrarle las bondades de esta red, siempre me gustó ser la primera vez de alguien (hablo del CouchSurfing por supuesto, no se hagan otras ideas).

Cuando llegó, y aquí debo reconocer el cliché, caí enamorada con sus ojos azules, su sonrisa, su forma tierna y dulce de actuar, sus chistes sobre las cortesías de los bogotanos: “buenos días por favor me podría hacer el favorcito de por favor venderme una agüita” según él todos hablamos así -y es verdad jaja-. Y yo dentro de mí “¿un alemán con sentido del humor?” Así que lo llevé a bailar con el paquete completo: vallenato, salsa, merengue, reggaetón, Néctar y Margaritas por sugerencia de mis buenos amigos. Si están esperando que diga que todo lo bailó a la perfección, pues no, pero puedo decir que se esforzó con todo su ser teutón, con excelentes resultados. Sebastián se fue luego de dos noches y recorrió lugares de Colombia que ni siquiera yo conocía, me animó a viajar por mi país: San Agustín (Huila), la selva Amazónica, el Parque Tayrona (Santa Marta). Terminó completamente enamorado de todo lo que aquí encontró, tanto así que contempló durante mucho tiempo la idea de venirse a vivir.

IMG-20181112-WA0058 (Paquete de vainilla deteriorado por el paso del tiempo)

Cuando regresó a su “frío” país, él seguía en contacto y tuvo uno de los detalles más románticos que he recibido en mi vida. Como alguna vez yo le había contado que viajando con Lufthansa probé el arroz con leche más delicioso del mundo, mi Sebastián me envió una carta que viajó 9240 kms en la que me enviaba chocolates para la familia y dos bolsitas de Milchreis (con las instrucciones traducidas al español, por supuesto), con vainilla y canela en polvo para que yo volviera a tener el sabor de Alemania en Colombia. Una carta de amor y agradecimiento que venía de Bühl.

Y yo con sospecha: “¿los alemanes son románticos?” Y sí, son románticos, tiernos, sonrientes, y tan dulces como el arroz con leche (Milchreis). Adiós prejuicio; Hallo süße Deutsche!

Aclaración necesaria: esta historia se complementa con la de Matías, otro alemán que conocí en un hostel de Río, y con Daria que la conocí en una fiesta multicultural en Bogotá. De los tres me enamoré.

Anuncios

Ladrilleros y el romance con el Pacífico

Estándar

Iba a Cali a ver a mi prima, recién mudada a la ciudad. Dos días antes de viajar me escribió diciendo:  “Qué pena, pero ahora estoy en G y no podré ir a Cali, me voy a quedar unos días más aquí”. Así que recurrí a mi amor caleño en busca de una compañía dulce para ir a bañarme en el agua salada, y aprovechar que las ballenas por estos días (de julio a octubre) son hospedadas por nuestro oceáno Pacífico para vivir su proceso maternal, pero entonces mi amor dijo: “mañana tengo que trabajar, hagamos mejor algo aquí en Cali”. Medité un poco la idea, pero en verdad mi corazón frío y citadino necesitaba de la playa, ya estaba cumpliendo 11 meses sin ella y sentía este hondo menester de que me abrazara, así que me fui, sabiendo bien que ya habría de encontrarme a alguien en el camino.

El bus de Cali a Buenaventura varia entre 24 y 29 mil pesos, siendo el más caro el más pequeño y por lo tanto, el que sale pronto y llega más rápido. Son 3 horas de camino, por la ruta Dagua-Loboguerrero. Buenaventura me recibió con lluvia, completamente nublada y gris. Me dije un poco decepcionada: -¿estas son las lejanías cálidas a las que vienen las ballenas? Al bajar del bus un chico alto negro, de unos 20 años, me preguntó algo que no entendí, pero le contesté “voy para el muelle”. Recordaba de las otras dos veces que había ido, en enero del 2016 y enero del 2017, que el muelle era cerca, caminando, pero preferí tomar la compañía del local, así me evitaba un par de comentarios conquistadores de los soldados y obreros que trabajan alrededor del terminal.

IMG-20170108-WA0013

Aunque al principio no le creí -por la oscuridad del cielo-, el chico me dijo completamente convencido: “no se preocupe por el clima, en un rato va a abrir, sale el sol y usted va a ver sus ballenas” y me llevó a almorzar al restaurante de su mamá junto al muelle. El almuerzo de pargo frito, ensalada, arroz y limonada costó $20.000, con seguridad se puede conseguir más económico, pero yo no quise buscar demasiado, pues mi lancha estaba a 30 minutos de salir. El viaje a Juanchaco, ida y vuelta, cuesta $70.000 y hay una buena cantidad de empresas que lo ofrecen, pues es uno de los recorridos más comunes.

La lancha iba al estilo Rápido y Furioso, con mi clásico estilo fatalista, lo único que podía pensar era hacia donde iba a salir disparado mi cuerpo cuando la lancha se rompiera en dos, con cada ola que golpeábamos (o que nos golpeaba) mi estómago se revolvía y mi corazón se aceleraba. Como instinto de supervivencia, agarré el resto del camino al humano que estaba a mi lado. Él me dijo: -¿te vas a vomitar? yo: -No, nos vamos a morir. Al llegar al muelle ya pude ver su cara y con vergüenza me disculpé por los agarrones y me dijo que no tenía problema y sonrió. Luego de 40 minutos, fuimos por otros 55 para importunar la vida de las ballenas. Alrededor de 8000 de estos mamíferos llegaron este año a tener sus bebés, enseñarlos, consentirlos, muchos ballenatos con ciudadanía colombiana. Es emocionante ver este espectáculo, solo antes visto en Animal Planet, ver tan de cerca aquella piel oscura, sus movimientos y sonidos, por un momento me llenó los ojos de lágrimas, creación perfecta de Dios.

IMG-20180902-WA0016
Ya de vuelta al muelle de Juanchaco, sin saber dónde me quedaría, nos recibió (a Juan, el chico que me dejó apretarle el brazo y a mí) un chico venezolano llamado Brian del Carmen, tan particular su nombre como su forma de ser y las historias que tenía por contar. Nos llevó al hotel Arena en Ladrilleros, para llegar allí tomamos un carrito de $3.000 en el que no estuvimos más de 10 minutos. Las habitaciones brillaban por su sencillez, con nada más que lo necesario para dormir en el pacífico: un balcón, una ducha, una cama con una almohada y una sábana y un ventilador. La playa, mi único interés, estaba a 5 minutos de caminata. Al verla allí bajo unas piedras resbalosas sentí ver al amor de mi vida, adiós camiseta, adiós pantalón, y corrí a abrazarla. Recordaba un poco más fría el agua del pacífico, y siendo casi las 5 de la tarde, me sorprendió que aún estuviera tibia, con olas altas, subía la marea. El mar jugaba conmigo, ese amor romántico y temido. El atardecer fue maravilloso, un soplo de luz bajaba entre las nubes de forma celestial, los pájaros hacían figuras en el cielo. Juan, que no tenía tantas expectativas de aquella playa desconocida, también se enamoró.

Al volver al hotel, una serenata nos esperaba. Al asomarme al balcón llamada por la música, como una Julieta clásica, vi a una veintena de niños que ensayaban canciones de coros y contestaciones con instrumentos típicos del pacífico. Todos los elementos de la fotografía que estaba viviendo armonizaban a la perfección, aquellos tiempos idílicos serán siempre razón suficiente para volver, la leña al fuego de añorar el agua que calma, la arena que enternece, la brisa que despeina.

IMG-20180901-WA0110

Adiós lugar común, hola cementerio

Estándar

Estaba a dos días de dejar Madrid, hospedada en el Hostel Toc en el centro, no había colindando cuadra alguna de aburrimiento. Conversaciones ruidosas llevadas por rostros de tantas latitudes, comida, música, libros, baile, teatro, y por supuesto un buen número de infaltables tiendas de souvenirs. Qué vivo está Madrid, qué pena saber que se acortaban los minutos en esas calles de nombres lindos: del Arenal, de la Misericordia, de Preciados, de las Hileras. Veía historia y literatura cada vez que alzaba mis ojos.

Estaba a dos días de dejar Madrid y durante los ocho que estuve en España siempre me encontré con voces que me alentaban enfáticamente a visitar ciertas ciudades “no te puedes ir sin conocer Sevilla” “bueno, la verdad que si no vas a Valencia es como si no hubieras venido a España” “Para comer, nada mejor que Galicia” y así se me fueron los días sin olvidar que desde que me llegó la confirmación de la reserva Bogotá-Madrid al correo, mi destino en la Wishlist era Toledo.

Estaba a dos días de dejar Madrid y para dejar descansar un poco el alma de búsqueda y aventura, ya estaba decidida a tomar un tour ofrecido por el hostal, pero estando en un grupo de CouchSurfing-Madrid pregunté a todos qué tal pintaba en cuánto al precio y a lo que ofrecía. De inmediato, Alejandro me escribió diciendo que el había vivido algunos años en Toledo y que no le veía sentido tomar tour, que era fácil ubicarse, fácil agarrar el bus (salen de Plaza Elíptica cada 15 minutos), fácil llegar al centro histórico y que seguramente en sus 232 kms² no me iba a perder. Compré los billetes de autobus por internet , pues en medio del espíritu desordenado que habita en mí, hay siempre algo de precaución.

Estaba a dos días de dejar Madrid y llegué a las 10:00 a.m. a Toledo. Jueves Santo. Un cielo completamente despejado, sol brillante y el frío tan propio de la mañana hacía el marco perfecto para el trayecto que empecé a andar lejos del centro histórico, caminaba en una soledad que ansiaba, solo pensando, mirando, sonriendo para mí, pues no había más mortales a mi alrededor, le di gracias a Dios por ese tiempo. Y en medio de ese vacío de humanos, me tropecé con aquel en el que todos yacen bajo tierra. Rodeado de árboles el Cementerio Nuestra Señora del Sagrario, no era aquello lo que yo buscaba, y no lo había visto en los lugares emblema de Toledo, pero en ese momento supe que el tour no me habría llevado a allí, mis pasos me condujeron al campo santo en vida y supe que no hallaría más paz que estando allí tan cerca de la muerte.

Estaba a dos días de dejar Madrid, y Toledo me dio la mejor despedida. El paisaje era hermoso, se me fueron allí las horas recordando a los vivos y a los muertos, sonriendo y llorando por todo aquello que se venía a mi memoria. Tips en Toledo: caminen lejos del centro.

Venecia en Zaragoza y la geografía de lo absurdo

Estándar

Después de leer un buen número de artículos relacionados con lugares imperdibles de España, después de hablar con nuestros amigos que ya habían conocido, después de horas de búsqueda por internet, y con esa angustia existencial en la que se cae al ver que el tiempo que llevamos en el maletín será insuficiente para conocer tantos lugares, personas y comidas… Adri y yo estuvimos de acuerdo en incluir en nuestra ruta el encanto de Zaragoza.

Y como desde el 2016 no me daba el gusto de surfear, puse un anuncio de viaje público en CouchSurfing para quedarnos una noche, no pasó mucho tiempo en llegar la primera oferta. Raúl, un policía de la ciudad, me decía que él y su novia estarían encantados de recibirnos, decía así: “después de echar un vistazo a tu perfil y ver que cuidas mucho a tus surfers cuando los recibes (creo en el karma) no he tenido duda de que si quereis sois bienvenidas a mi casa” (ok, lo de encantados lo he inventado yo). Qué lindo se siente saber que tienes hogar a tantos kilómetros de distancia, y que como dice la canción de Drexler “cada uno da lo que recibe y luego recibe lo que da, nada es más simple, no hay otra norma. Nada se pierde, todo se transforma” ♫ ♩ ♬

Salimos de Madrid en tren de las 20:30 hacia Zaragoza, el boleto comprado por internet nos costó 55€, con las sillas más cómodas del mundo incluidas. No soy muy partidaria de llegar tarde en la noche a un lugar desconocido, pero así lo hicimos con no muy buenos resultados. En Zaragoza estuvimos a las 21:51, todo de la forma prevista. Para llegar a la dulce morada que nos esperaba, nuestro host nos recomendó tomar un taxi desde la estación, que nos costó 12€ -si hubiéramos tenido una mejor comprensión de lectura.  Luego de ver sin demasiado detenimiento el enlace Google Maps enviado por Raúl, con toda confianza la dije al taxista: “vamos a la calle Venecia, por favor”.

Al llegar al que debía ser el edificio, me percaté de que no tenía el número de apartamento, lo que fácilmente resolví con toda sensatez: timbrar en todos los apartamentos preguntando por Raúl. Los resultados en los 6 botones oprimidos fueron: 2 sin respuesta, 4 no conocían a Raúl. En análisis de tan mal panorama, decidimos con Adri ir a buscar un alma bondadosa que nos regalara un minuto de celular. En la esquina de un minimercado encontramos a ese enviado del cielo, de cabello rubio, ojos azules, un perro en una mano y un cigarrillo en la otra:

– Hola, Raúl, es Julieta. Ya estamos en la esquina, me confirmas tu número de apartamento

– Claro que sí -dijo él muy animado- vas a ver muchos botones con códigos, mi bloque es el C y el apartamento es 6D.

– Vale -dije yo, sin comprender toda la información recibida- de todos modos ¿podrías bajar?

Y nos fuimos de nuevo para el edificio, y ocurrió lo que me esperaba. Había 1A, 1B, 2A, 2B, 3A, 3B. El tal bloque y el apartamento no estaban en esta paleta de botones del diablo que miraba yo con resignación, como rogando para que en medio de los botones hubiera un 6D ignorado. Con los niveles de confusión al tope, volví mis ojos al chat con Raúl y hacia el rubio enviado del cielo, que en ese momento llegaba otra vez a nuestras vidas a decirnos aquello de lo que en ese momento yo también me percataba.

No sé cuántas posibilidades hay de que algo así suceda, pero resulta que, y en este instante revelaré información de suprema relevancia para el viajero despistado,  en Zaragoza no solo hay calle Venecia, hay calle Carnaval de Venecia.

-Chicas -dijo el rubio- me ha llamado vuestro amigo, dice que no es calle Venecia, sino calle Carnaval de Venecia, deben tomar otro taxi.

Para ese momento, ya el reloj marcaba las 23:00, obedecimos la indicación, pues estábamos lejos y cargadas, tomamos otro taxi  y Raúl junto a su novia nos esperaban muertos de la risa por tener que esperar hasta la media noche viajeras incapaces de leer bien una dirección. En la cocina estaba Cai, otro surfer de Taiwán que hizo para todos una cena deliciosa… a la mañana siguiente tuvimos nostalgia de abandonar aquel lugar al que tanto nos había costado llegar y en el que recibimos tal dosis de cariño.

y sigue Drexler:

IMG-20180325-WA0026

La imagen cuenta todo… incluso nuestra cara de poca ubicación

“supe que de algún lejano 
rincón de otra galaxia, 
el amor que me darías, 
transformado, volvería 
un día a darte las gracias”.  ♪♫

La fila del penal -Parte II

Estándar

Continuación de La fila del penal -I 

Voy dejando el área de la requisa cuando escucho que la guardia jefe, una mujer robusta, de unos 45 años, grita: “señoras, no dejen dinero encima de las mesas, no está permitido, ustedes lo saben”. Volteo para ver qué pasa y me encuentro con el rostro angustiado de una mujer bastante mayor, que le había pasado algunos soles -moneda peruana- al guardia de la mesa de requisa para que le dejara entrar algo que llevaba en una bolsa, no sé qué. La guardia jefe, en una escena más triste que penosa, grita a quien ha violado la norma: “señora, sálgase de la fila y del penal ya mismo, no está permitido dar dinero a los técnicos”. La señora avergonzada con una voz que es un hilo que se escapa: “por favor, déjeme seguir”. Todo termina en la mujer adulta recogiendo sus cosas y saliendo, luego de casi 5 horas de fila y sin cumplir el propósito.

Inmediatamente mi mente me proyectó la película del que podría haber sido mi destino, pues uno de los chicos me había recomendado pasarle 15 soles al guardia para que me dejara entrar la chaqueta con capota. No fue un consejo que yo mínimamente hubiera considerado.  Gracias a Dios y a mis lágrimas que no tuve que hacer algo así.

Llego a la quinta fila, la de los consentimientos, la de la inspección personal. Estando yo aún con los ojos rojos, se me acerca una guardia y me dice: ¿estás bien? ¿qué estabas haciendo? No sé si insinúa que tengo ojos de fumadora o algo de esa categoría, pero no le respondo nada. El guardia de la fila anterior le dice: “es la primera vez que viene, estaba llorando”.

La mujer al mando me hace pasar a un espacio pequeño que cierra con una cortina de tela. Entramos tres mujeres al tiempo. Me pregunta a quién vengo a ver, y me dice que observe cómo ella revisa a las demás mujeres para que yo no me asuste. Debo tan solo imaginar la cara de pánico que yo tenía en ese momento para que esta guardia tuviera tal misericordia de permitirme observar, antes de caer en sus manos. En Colombia, antes había visitado uno de estos centros de aprisionamiento de cuerpos, almas y espíritus, así que supongo será igual. En Quencoro fue menos intenso que lo esperado, menos denso que lo imaginado. La guardia me toca… las chaquetas -no es sentido figurado, pues realmente tocó las chaquetas. Revisa el dinero que llevo y lee las cartas que el chico colombiano había mando a los que estaban adentro. Toca mi brassier, la falda (de uso obligatorio para ingresar), y pasa su mano alrededor de mis piernas, apenas roza mi vagina, me doy por bien servida.

Ahí terminan las filas de entrada, ya puedo seguir al patio. Una mujer, una de mis compañeras de tacto superficial intenso, me pasa un poco de papel higiénico para que me suene los mocos. Me pregunto ¿a cuántos salpiqué con mis lágrimas?

Paso por la primera puerta, recibo una nueva insignia para mi brazo rayado: un sello que dice el nombre del penal. Sigo caminando y los primeros en recibirme son dos internos que por 1 sol ayudan a los visitantes a encontrar a sus visitados. Uno de ellos me pregunta por el apellido del ‘interno’ que busco, le digo el nombre de mi primo y le sumo: “es colombiano”. Hace una mueca no muy creíble de que sabe de quién le estoy hablando y empieza a gritar mientras nos vamos entrando en un pasillo helado, ancho y oscuro: “NNNN te buscan… alguien ha visto a NNNN… tienes visita”. Vamos al T22, el pabellón de los extranjeros.

Otro chico muy flaco se me acerca, me dice que le regale una moneda porque no tiene quién lo visite. Yo, ni siquiera escucho lo que dice sino que sigo caminando en espera de ver a mi primo. No lo animé a esperarme, en las llamadas nunca mencioné que iría, así que es una alegría que descongela todos estos muros que nos rodean. El llamador sigue gritando, otro chico le dice: “Colombia está afuera, salió a la cancha”

Alisto el sol que debo dar al llamador. Se asoma tu silueta como una sombra en el pasillo, “no debiste venir, negrita, este no es lugar para ti” ambos en un abrazo profundo, eterno, cálido, convertimos en hogar ese lugar de forasteros.

Fuente imagen: http://bit.ly/2G0NQku – The Wall Street International

 

 

 

La fila del penal – Parte I

Estándar

Crónica

Llegué a las 6 a.m. a Quencoro. No es temprano, hay mujeres que están esperando por el número de ingreso desde las 3 a.m. Me dan el 127, la siguiente hora de entrada es a las 8:45 a.m. Me llena un sentimiento de tranquilidad, nostalgia y curiosidad ver que la mayoría son mujeres adultas con sus niños, campesinas, indígenas con sombrero, trenzas y faldas largas. Como si se tratara de un pícnic familiar, todas estamos cargadas con nuestras bolsas de comida, ropa, zapatos y recuerdos para dejarles: una fotico de carnet, una  estampita de San Martin de Porres, un dije de la virgen, un gorrito del bebé.

Una vez mueven el primer cordón con mi número rayado en la piel, avanzo a la segunda fila, la que nos deja frente a una inmensa puerta negra. Ahí una chica se queda mirándome y me dice “No te van a dejar entrar esa chaqueta porque tiene capota, quítatela”. Me quedé pensando en mi penosa situación sin contestarle nada, lo mejor que se me ocurrió fue esconder la capota, pues ni siquiera era una chaqueta mía sino era un encargo para los otros dos colombianos que estaban allí. En esta segunda fila empieza a ser más evidente la fatiga, pues ya vamos llegando a las 3 horas de estar de pie, bajo el sol de Cuzco que calcina y mancha la piel. Algunas mujeres como parte del desespero y el desorden empiezan a colarse en una avalancha humana, otras gritan haciendo evidente lo que pasa: “-Técnicoooo! (como le llaman a las guardias) Revise el número, se están metiendo mal”. Y es por esta razón que nos vuelven a enumerar, esta vez me rayan con el 125, es decir que sin querer queriendo terminé colándome dos números, no es una gran ganancia, todas seguimos en la misma gritería que ahora saca en vapor los olores de las comidas revueltas, de los pañales que en la fila cambian, del sudor producto de aquellas temperaturas solares y humanas.

Empezamos a atravesar la puerta grande, un poco de sombra que alivia. Voy detrás de una mujer de piel muy blanca, pero con el mismo traje indígena de las demás. Lleva atravesado en su espalda el awayo y ahí su bebé de quizás 6 meses. El bebé se resbala con cada paso que ella da, y su cabeza queda casi que colgando, ella con ternura y sin voltearse le dice: -“a ver, mi amor, no te me caigas” y otras palabras en quechua con el mismo tono suave. Hago lo posible por hacer lo que yo supongo que es una ayuda, pero me doy cuenta de que resulto completamente torpe en esta tarea y más hace ella con solo mover su mano debajo del awayo.

Se acerca el momento de la requisa, ya me han advertido que la chaqueta con capota no entra, a falta de argumentos y con tal exceso de emociones, considero cobardemente que debo preparar algunas lágrimas para esta ocasión. Sigo un escalón más, la tercera fila, la de pasar el documento de identidad. No me fijo en el orden, solo camino, y cuando llego a la ventanilla:

–Señorita, ¿qué número lleva en el brazo?-me dice el guardia

–125 -le contesto

–Fíjese bien, aquí son pares, no impares, pase al otro lado -contesta molesto con justa causa

Paso a la fila correcta, nuevamente el número, nombre del interno, parentesco y que si es la primera vez que vengo.

Llego a la cuarta fila, la de la requisa. Ahí está el guardia mirándome de arriba abajo. Le paso las chaquetas y sucede lo obvio. Las sacude, me dice que no puedo entrarlas por la bendita capota, pues por norma, los internos deben tener cabeza y rostro descubierto. Sucede lo más obvio como consecuencia del primer desenlace obvio: rompo en llanto, soy un mar de lágrimas que no refrescan sino que queman. Le digo unas tres veces “por favor, es la primera vez que vengo” luego otras tantas “vengo desde Colombia, no sabía que esa era una regla”. Y ocurre por tercera vez lo obvio, el guardia Mendoza me dice que por favor me calme y me la deja entrar, junto con los 140 soles que les enviaron sus familias. Me recalca “que sea la última vez, ya cálmese, señorita, deje de llorar”.

Me seco lágrimas y mocos escurridos, la siguiente fila es la del tacto.